Primero de tres capítulos donde se analiza el impacto y la naturaleza particular de la desinformación en Internet. Se han publicado en eldiatio.es.

Las mentiras adoptan hoy en día muchas formas: pueden ser fraudes, seudo-ciencia, clickbaits o teorías de la conspiración; pueden estar en manos de (ro) botso de personas con nombre y apellido… Pero estamos hablando de algo similar, aunque no haya un consenso acerca de qué son las fake news y se recomiende hablar de “desinformación”. Pero la desinformación siempre han existido. Por ejemplo, las falsedades de los “Protocolos de los sabios de Sion” –publicados en 1902 en la Rusia zarista con el objetivo de justificar los pogromos de judíos— están entre las más eficaces fake news del pasado. Parece que el magnate Henry Ford las difundió por Estados Unidos a través de su semanario Dearborn Independent en los años 20 del siglo pasado.

Manual de fake news (I): El papel de los sesgos cognitivos

 

The Dearborn Independent

La diferencia con las fake news de hoy es que, con las plataformas digitales que dan sostén a las “redes sociales” y permiten la masiva generación e intercambio de contenidos, la desinformación multiplica y disemina de forma exponencial en tiempo real sin espacio para la reflexión o corrección.

Tenemos ejemplos cercanos. Un bulo difundido en WhatsApp aseguraba en julio que el hospital Gregorio Marañón había cerrado una planta para atender a los dos niños de Irene Montero y Pablo Iglesias. Un mes antes, durante la moción de censura, se difundían declaraciones de Mariano Rajoy asegurando que ningún militante del PP había sido condenado por Gürtel. En mayo, una fotografía de un acto independentista en Lleida, en la que aparecían niños, se difundía en redes sociales como prueba de que el soberanismo se inculca en los colegios. En otras latitudes, podemos encontrar ejemplos que resultan familiares. En Canadá, por ejemplo, el bulo de que refugiados y refugiadas  recibían pensiones considerablemente mayores que las personas jubiladas no solo sigue circulando desde 2004 sin que se haya podido contrarrestar con datos, sino que además se ha metamorfoseado en otras fábulas similares que circulan por EEUU y Australia.

¿De cuánto son responsables unos medios debilitados por una inversión en periodismo cada vez menor desde 2008 y por el descrédito? ¿De cuánto es responsable la gente, que puede elegir la versión de la verdad más adecuada a sus creencias? ¿Hasta qué punto el pluralismo y el conflicto de versiones garantiza que la verdad aflora? Empecemos por algunas nociones básicas sobre nuestros sesgos cognitivos.

Creemos lo que queremos creer

Las fake news se mueven en un caldo de cultivo propenso a su propagación. Muchos estudios indican que las personas somos más propensas a creer más en aquellas noticias que encajan con nuestras ideas y prejuicios, aunque estas noticias sean falsas, lo que se llama “sesgo de confirmación”. Un vídeo titulado  No vas a creer lo que estoy por contarte (en inglés) explica  por qué las personas rechazamos la verdad cuando esta no encaja en nuestra forma de entender el mundo. Hay razones biológicas. Se ha confirmado a través de escáneres de la amígdala que estas reacciones defensivas se asemejan a las de una persona ante un ataque físico. Si no, ¿por qué muchas personas votan en contra de sus propios intereses? ¿Por qué son tan difíciles los cambios (aunque sea para mejorar) en culturas laborales establecidas? ¿Por qué prosperan algunas teorías conspirativas?

Una combinación de fenómenos como el sesgo de confirmación (un sesgo cognitivo que nos hace seleccionar, favorecer y recordar más aquella información que confirma nuestras propias creencias); el “efecto de retroceso” ( backfire effect), que nos hace empecinarnos más cuando nuestras creencias básicas se cuestionan (aunque sea basándose en hechos reales), produciendo de forma colectiva la radicalización y polarización de creencias; las correlaciones ilusorias, que se dan cuando se perciben asociaciones falsas entre dos situaciones; y los errores del razonamiento inductivo hacen que nos movamos en un terreno resbaladizo desde siempre.

La metáfora del efecto óptico paralaje explica parte de este fenómeno. Se trata de la diferencia en la posición aparente de un objeto cuando se observa desde dos posiciones distintas, de forma que parecerá mayor para la observadora que esté más cerca (en la ilustración, posición B). Tiene también que ver con cómo el contexto (la estrella roja) hace que el objeto observado parezca diferente desde posiciones distintas. Si pensamos que el contexto es nuestro bagaje –creencias, valores, ideas, afinidades y conocimientos—, confrontada con el mismo objeto, cada persona ve una cosa diferente.

Manual de fake news (I): El papel de los sesgos cognitivos

 

Efecto óptico paralaje

La mayor ventaja de los seres humanos sobre otras especies es nuestra capacidad para cooperar, argumentan Hugo Mercier y Dan Sperber. La cooperación es ardua de establecer y difícil de mantener. La razón se desarrolló no para permitirnos resolver problemas abstractos, sino para resolver los problemas planteados por vivir en comunidad. Hábitos mentales que parecen extraños o ridículos desde un punto de vista intelectual se tornan sensatos cuando se ven desde una perspectiva social “interaccionalista”, dicen estos autores. Según Mercier y Sperber, nuestra razón evolucionó para medrar en el grupo, no para hacer cálculos certeros.

Según Samantha Bradshaw y Philip N. Howard, varios de estos mecanismos afloran en el partidismo: las personas prestan más atención al contenido político que se ajusta a su propio bagaje ideológico. En un proceso electoral, si ya tienen una preferencia por un o una candidata en particular, seleccionarán mensajes que fortalezcan, no debiliten, esa preferencia. Esto significa que cada vez más tendemos a no cambiar de partido político o candidata porque es poco probable que adquiramos de manera voluntaria o proactiva información nueva que desafíe nuestras preferencias. Un segundo fenómeno es la “exposición selectiva” que se basa en nuestros “esquemas” o representaciones cognitivas de conceptos genéricos con atributos consistentes que pueden aplicarse a nuevos tipos de información. Es decir, las personas tomamos atajos cognitivos que nos ayudan a lidiar con la realidad y para ello dependemos de nuestro conocimiento previo, que, como en el efecto paralaje, proporciona contexto e interpretación de cualquier suceso. Un tercer fenómeno es que dependemos de la exposición selectiva porque no queremos enfrentar la disonancia cognitiva de la exposición a información nueva que pueda desafiar nuestras creencias.

El problema hoy es que nuestros sesgos se ven confirmados y aumentados por los algoritmos. Es decir, si a estas distorsiones mentales se les añade que las “redes sociales” que diseminan fake news de todos los colores son omnipresentes y que los medios antaño percibidos como fiables ahora se entienden como politizados y parciales, se nos presenta una situación peligrosa. Todo vale; que es lo mismo que decir que nada vale.

 

 

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